En las vastas llanuras de la memoria colectiva, donde el viento susurra secretos ancestrales a través de los cafetales y los ríos dormidos, se alza el eco de preguntas que flotan como hojas secas en la brisa eterna.
¿Cuántos caminos debe un hombre recorrer antes de que lo llamen "hombre"? Esa senda tortuosa, marcada por el polvo de los pies descalzos y el peso de sueños no cumplidos, se extiende como un río que no encuentra su delta, interrogando el alma sobre el verdadero bautismo de la existencia.
Imaginad a la paloma blanca, mensajera de paces rotas, surcando horizontes de sal y espuma. ¿Cuántos mares debe una paloma blanca cruzar antes de dormir en la arena? Sus alas cansadas rozan las olas que devoran costas olvidadas, mientras el viento lleva su fatiga como un lamento que nadie oye.
Y en el trueno de las guerras invisibles. ¿cuántas veces deben las balas de cañón volar antes de ser prohibidas para siempre?, silbando como serpientes en la noche, sembrando viudas y huérfanos en tierras que ya no recuerdan la risa.
La respuesta, mi amigo, está soplando en el viento, un susurro caprichoso que acaricia las palmeras y desvanece las sombras, pero que se escapa entre los dedos como arena de un reloj roto.
¿Cuántos oídos debe tener un hombre antes de que pueda oír a la gente llorar? Esos llantos, sordos al principio como el rumor de la lluvia en techos de zinc, claman por un cielo que se niega a abrirse.
¿Cuántas veces debe un hombre mirar hacia arriba antes de que pueda ver el cielo?
Y en el conteo macabro de las tumbas, ¿Cuántas muertes serán necesarias hasta que él sepa que demasiada gente ha muerto?, hasta que la tierra, empapada de sangre, se rebele contra sus verdugos.
Las montañas, centinelas milenarias de la cordillera, desafían el tiempo con su orgullo pétreo. ¿Cuántos años puede una montaña existir antes de ser lavada por el mar? El oleaje paciente las roe gota a gota, recordándonos la fragilidad de lo eterno.
¿Cuántos años pueden algunas personas existir antes de que se les permita ser libres?, encadenadas a promesas falsas como esclavos en plantaciones fantasma.
Y el más cobarde de los gestos: ¿y cuántas veces puede un hombre girar la cabeza fingiendo que simplemente no ve nada?, mientras el mundo arde en silencios cómplices.
En este remolino de interrogantes, el viento no responde con palabras, sino con el roce de sus alas invisibles, invitándonos a caminar, a mirar, a escuchar.
Solo así, en la danza del polvo y la hoja, hallaremos las verdades que el alma anhela.
REFLEXIONES DE UN SACERDOTE CATOLICO
Hijo, en ese viento que susurra entre montañas y cafetales, Dios nos habla en silencio. No es el número de caminos lo que hace al hombre, sino la profundidad con que ama y escucha. La paloma cansada y las guerras sin sentido nos recuerdan que el corazón humano necesita conversión. ¿Cuántas veces ignoramos el dolor ajeno? Cristo nos llama a no girar el rostro, sino a ver, a sentir y a actuar. La verdadera libertad nace cuando reconocemos la dignidad del otro. No esperes respuestas del viento: sé tú respuesta viva, sembrando paz, armonía, justicia y compasión en cada paso.

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