REFLEXIÓN SOBRE ¿QUÉ TECNOLOGÍAS DEBERÍAN ELIMINARSE DEL PLANETA TRAS SOBREVIVIR A UNA TERCERA GUERRA NUCLEAR?

 

La pregunta que se nos plantea no es solo técnica ni filosófica. Es, ante todo, una herida abierta en el alma de la humanidad: ¿cómo levantarnos de entre las ruinas de una tercera guerra nuclear? ¿Qué debemos dejar atrás para no repetir el mismo camino de destrucción? En medio de la ceniza y el silencio, Dios nos sigue hablando. Nos llama, como al profeta Elías, no en el estruendo del viento ni en el fuego, sino en el murmullo suave de la conciencia (cf. 1 Reyes 19,12).

No se trata solo de erradicar herramientas tecnológicas, sino de transformar el corazón humano, donde realmente comienza toda guerra. La tecnología es un espejo de nuestras intenciones. Por eso, al preguntarnos qué debe desaparecer del mundo, también debemos preguntarnos: ¿qué debe renacer en nosotros?

1. Armas nucleares y sus medios de lanzamiento

Lo primero y más urgente que debe desaparecer son las armas nucleares. No hay argumento moral, político ni estratégico que justifique su existencia. Son el fruto más perverso del miedo y la soberbia. Como nos enseñó el Papa Francisco:

“La paz y la estabilidad internacional no pueden basarse en un falso sentido de seguridad, en la amenaza de una destrucción mutua o total o en el mantenimiento de un equilibrio de poder. La paz debe construirse sobre la justicia, el desarrollo humano integral, el respeto de los derechos humanos, la protección de la creación y la participación de todos en la vida pública” (Mensaje a la ONU, 25/09/2020).

Eliminar estas armas es una confesión de fe en la vida. Es un acto de conversión global.

2. Armas autónomas basadas en inteligencia artificial

Las armas letales autónomas, capaces de decidir por sí mismas a quién matar, representan una peligrosa deshumanización del conflicto. Entregar la decisión sobre la vida y la muerte a algoritmos sin alma es una negación del rostro humano del otro. La fe cristiana proclama que toda vida es sagrada, creada a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,27). Las máquinas jamás deben sustituir a la conciencia moral. Toda tecnología que reduzca al ser humano a un objetivo militar debe ser eliminada.

3. Sistemas de vigilancia totalitaria y manipulación informativa

La verdad es uno de los pilares de una sociedad justa. Pero si las tecnologías son utilizadas para manipular, dividir o controlar a las personas, entonces se convierten en instrumentos de opresión. Tras una guerra, el mundo no puede reconstruirse desde la mentira.

“La verdad os hará libres” (Jn 8,32).

La vigilancia indiscriminada, la propaganda masiva, la manipulación emocional y cognitiva deben dar paso a una comunicación libre, ética y respetuosa.

4. Tecnologías científicas utilizadas con fines destructivos

La ciencia es un don de Dios al servicio del bien común. Pero si se desvía hacia la creación de armas químicas, biológicas o genéticas para destruir, se convierte en una blasfemia contra la vida. Toda tecnología médica o biológica que se haya empleado con fines de exterminio debe ser prohibida y reconvertida para sanar, no para herir.

5. Tecnología al servicio del dominio absoluto sobre los recursos

Gran parte de los conflictos humanos nacen del deseo desmedido de control. Si la tecnología fue usada para concentrar el poder sobre el agua, los alimentos, la energía o la tierra en pocas manos, esas estructuras deben ser desmanteladas.

Como enseña la Doctrina Social de la Iglesia, “la tierra es para todos” (cf. Laudato Si’, n. 93).

El mundo postguerra debe construirse desde una economía solidaria, donde los bienes esenciales estén al servicio de todos.

 

Más allá de las máquinas: la conversión del alma humana

Pero, hermanos y hermanas, no bastará con destruir armas. Será necesario reconstruir el espíritu. Detrás de cada botón que lanza un misil, hay una decisión humana. Tras cada algoritmo que mata, hay un programador. Y en cada laboratorio que fabrica veneno, hay una intención.

Dios nos creó para custodiar la vida, no para aniquilarla. Volver a nuestras raíces espirituales será esencial para no repetir los errores del pasado. En ese nuevo amanecer, deberemos fundar la civilización sobre nuevos principios:

    • La paz, no como ausencia de guerra, sino como presencia activa de justicia.
    • La solidaridad, que se opone al egoísmo tecnocrático.
    • El respeto por la dignidad humana, que ninguna tecnología puede reemplazar.
    • La ecología integral, como visión unificada del ser humano y la creación.

Como dice el profeta Isaías:

“Convertirán sus espadas en arados y sus lanzas en hoces. No alzará espada nación contra nación ni se adiestrarán más para la guerra” (Is 2,4).

 

Conclusión: reconstruir el mundo desde el Evangelio

Si alguna vez ocurre el horror de una guerra nuclear, que no sea el fin, sino un clamor a la transformación. Que los sobrevivientes no reconstruyan un mundo más temible, sino uno más fraterno. Que la Iglesia sea luz y consuelo. Y que desde las ruinas, el Espíritu Santo inspire a todos los pueblos a construir no un nuevo sistema de poder, sino una nueva humanidad reconciliada con Dios, con la tierra y entre sí.

Algunas tecnologías —aquellas creadas no para servir, sino para dominar, destruir o esclavizar— deben ser abandonadas. Las armas nucleares, los sistemas autónomos de destrucción, la inteligencia artificial sin ética ni alma, y toda ciencia que excluya a Dios y al prójimo de su propósito, deben quedar atrás. No se trata de rechazar el progreso, sino de purificarlo. La tecnología debe estar al servicio de la vida, de la justicia y del bien común. Como custodios de la creación, no podemos permitir que herramientas de muerte sigan marcando nuestro destino. Que el sufrimiento vivido nos lleve a una nueva era donde la técnica se una a la sabiduría y al amor. Porque sin amor, el saber se convierte en ruina.

En nombre de Cristo, Príncipe de la Paz,

que este nuevo comienzo sea un canto de vida,

una oración hecha historia,

y una tecnología que sirva —por fin— al Reino de Dios.

Amén.


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