13 de junio de 2016

LA HISTORIA DE PACIFIC RUBIALES ES UNA DE LAS MAYORES ESTAFAS CORPORATIVAS EN LA HISTORIA RECIENTE DE COLOMBIA


Evolución del precio de las acciones de Pacific E&P Corp (2009-2016)


Gracias a una campaña publicitaria intensa llegó a ser una de las empresas “lideres” de Colombia, pero en menos de un lustro sus propietarios acabaron entregándosela al menos malo de los compradores. Historia de una estafa macondiana.

Desde 2011 la Bolsa de Valores de Colombia (BVC) no ha pasado un año sin un escándalo o una quiebra escandalosa.

La estela de descalabros bursátiles incluye a firmas como Proyectar Valores, Factor Group e Interbolsa. En 2014 bastaron apenas días para que el conjunto de las acciones colombianas cayera casi un 60 por ciento. Ese mismo año comenzó a incubarse la crisis de la empresa colombo-canadiense Pacific Rubiales, cuyas acciones se cotizaban en la BVC desde 2007. Y a finales del pasado abril sus accionistas minoritarios recibieron la noticia de que el fondo de inversión privado Catalyst Capital Group se quedaría con el control de la compañía y que sus acciones, que alguna vez fueron las más promisorias del mercado, no valían ni el papel en el que estaban impresas.

Al margen de la caída de rentabilidad del sector petrolero como consecuencia del derrumbe de los precios, la venida a pique de la otrora poderosa petrolera demuestra los peores aspectos de la confianza inversionista y constituye una de las mayores estafas corporativas en la historia reciente de Colombia.
Para entender la historia de Pacific debe tenerse claro cuál es la diferencia entre una estafa en regla y un simple robo: a diferencia del ladrón, el estafador logra que su víctima le entregue sus bienes de manera voluntaria, después de haberse ganado su confianza. Y eso fue lo que hizo Pacific.


Invertir en confianza
Hace 10 años Pacific Rubiales no figuraba en los grandes titulares. Sus dueños, inversionistas canadienses e ingenieros de petróleos venezolanos, apenas comenzaban a explorar la posibilidad de invertir en Colombia en tiempos de la confianza inversionista de Uribe: unas minas por allí, unos puertos por allá, algún yacimiento petrolero por allí.

Pacific decidió comprar relaciones públicas a manos llenas.
Los socios entendieron que en el mundillo de los medios, la alta sociedad y la política colombiana vale más estar bien conectado que hacer las cosas correctamente. Y en la consolidación de Pacific hubo mucho más de lo primero que de lo segundo.

Pacific decidió comprar relaciones públicas a manos llenas. Por ejemplo, en 2012 pagó casi 12 mil millones de pesos en publicidad a medios masivos de comunicación. Pero aquello no era sino la punta del iceberg, también tuvo entre sus gastos: compensaciones hasta por 11 millones de dólares al año a sus ejecutivos, financiación del Festival de Verano en Puerto Gaitán, Meta (entre 2.000 y 3.000 millones anuales) y patrocinio de la Selección Colombia (8.000 millones).

¿Por qué una empresa que no vendía un producto de consumo masivo (como la cerveza de Bavaria, por ejemplo) se convirtió en el mecenas de los medios de comunicación y en uno de los principales anunciantes de Colombia?

Después de todo, nadie puede salir a comprar un barril de petróleo marca Pacific como para justificar semejante inversión en publicidad.
Estos no eran los gastos de un inversionista responsable sino los caprichos de un nuevo rico que despilfarra su recién encontrada fortuna para comprar la aceptación de una sociedad arribista como la colombiana.

Pero entre 2007 y 2011 todo era dicha: la acción de la empresa comenzó en un precio cercano a los 30.000 y pesos y alcanzó un máximo de 66.800  de pesos en abril de 2011.

Los fondos de pensiones, los bancos y hasta el gobierno veían en esta empresa una combinación entre el profesionalismo de ingenieros de petróleos venezolanos y la responsabilidad y juicio financiero de los inversionistas canadienses.

¿Qué podría salir mal? En tiempos del crudo a 100 dólares y con una capitalización bursátil cercana a los 9.000 millones de dólares nadie hacía muchas preguntas.

En cuestión de un lustro, lo que comenzó como una pequeña exploración minera en el Cesar se convirtió en una multinacional poderosa que producía 1480.00 barriles diarios, en especial gracias al uso de nuevas técnicas de explotación de crudos pesados en la joya de su corona: Campo Rubiales.

Con la confianza de medios, políticos e inversionistas en el bolsillo, sus dirigentes se dedicaron a darse la gran vida: viajes en jets privados con jugadores de la Selección Colombia, fundaciones para que los niños pobres de sus zonas de influencia pudieran ir al estadio, y palcos en las principales fiestas del país daban cuenta de la nueva Colombia y de cómo la renta petrolera podía gastarse en grande.

Las deudas y la venta
Pero pronto empezó la segunda parte de la historia: el endeudamiento.
Entre 2011 y 2014 Pacific pasó de un endeudamiento de 1.064 millones de dólares a la cifra escandalosa de 4.704 millones – y antes aun de la caída de un 60 por ciento del precio del barril de petróleo-.

Tras el manto de buenas relaciones se estaba engendrando un monstruo, y Pacific ya comenzaba a despertar más que inquietudes en el mercado. Los primeros en salir fueron los fondos de pensiones, a quienes nunca gustó el laxo gobierno corporativo que imponían canadienses y venezolanos.

La dirigencia no se encontraba a la altura de una empresa con ambiciones en Colombia, Brasil, Perú y África, aunque en ningún otro lugar tuviera un yacimiento del tamaño de Campo Rubiales, lo que hizo que se estancara cerca de los 150.000 barriles diarios de producción.

Pese a las quejas en aumento de los contratistas y de los empleados por no recibir buenos tratos, pese también a las dudas del mercado sobre su gobierno corporativo, la acción de la compañía se mantuvo por encima de los 40.000 pesos y en la canasta de los índices de la BVC seguía teniendo una gran valoración.

Motivado por este escenario, se desató el capítulo más sórdido de la compañía: la intención de compra por parte de la mexicana Alfa, lo que confirmaría las peores sospechas sobre el gobierno corporativo de Pacific y su salud financiera.
La gran mayoría de la alta gerencia de Pacífic Rubiales estuvo formada por antiguos empleados de la empresa estatal venezolana PDVSA o de sus subsidiarias, quienes habían sido despedidos por Hugo Chávez después del paro petrolero que enfrentó esa industria en el vecino país. Entre ellos estaban Roland Pantin y José Francisco Arata.

Durante las negociaciones iniciales con Alfa, apareció en en el radar un nuevo grupo de empresarios venezolanos conocido como el grupo O’hara o como “los Bolichicos” (nuevos millonarios creados por el régimen chavista), que se encargaron de torpedear la operación.

Para comienzos de 2014 la compañía alcanzó su mayor nivel de deuda y sus ingresos no se habían logrado levantar de acuerdo a lo esperado. Arata comenzó entonces su labor de búsqueda de un inversionista que quisiera comprar la empresa.

Igualmente, ya se rumoraba en el mercado que el contrato de asociación con Ecopetrol por el campo Rubiales no sería renovado, lo que dejaba a la empresa contra las cuerdas. Urgía una inyección de capital que asegurara la continuidad.

En ese momento desde México llegaron noticias de que por primera vez el gobierno permitiría la exploración y explotación de crudo por empresas distintas de la estatal Pemex. Por eso el interés de Alfa se convirtió en una llama de esperanza para la dirigencia de Pacific. Alfa es uno de los conglomerados mexicanos más importantes y veía en la experiencia de Pacific la ruta para entrar en el negocio de los hidrocarburos.

Por eso comenzaron los rumores sobre el precio de la acción y esta pasó a ser un activo especulativo. Un día tenía una apreciación del 15 por ciento y en la siguiente jornada el precio caía 30 por ciento. Muchos se hicieron ricos con información privilegiada a costa de pequeños inversionistas a quienes no se les pasó por la cabeza que la empresa tenía una relación de 1 peso de activos por cada 3 pesos de deuda.

La trama se complicó en septiembre con la caída de los precios del petróleo en un 60 por ciento.

Cuando el mercado trató de reaccionar, la acción ya se cotizaba alrededor de los 11.000 pesos. En 15 días había perdido el 70 por ciento de su capitalización bursátil.

Vender humo e irse
El fracaso de las negociaciones con Alfa motivó la salida de Arata, que al menos se llevó una nada despreciable indemnización por casi 9 millones de dólares.

Esto significó un triunfo de los Bolichicos que minaron la venta desde el principio y mucho más cuando después del crack de septiembre la oferta se hizo por 6,5 dólares canadienses por acción.
Los inversionistas pequeños, ahora no saben ni a quién reclamarle.

Alfa, que había venido comprando en la bolsa acciones de la compañía, logró hacerse con un 20 por ciento de la propiedad antes de hacer su propia oferta. Pero como no hubo acuerdo, cambió su estrategia y la compra se frenó en seco.

Finalmente, los socios minoristas vieron cómo después de que el precio llegó a los increíbles 1.150 pesos por acción - y que se hablara de compras y de salvaciones- sucediera lo que había de suceder: que una banca de inversión pagó 500 millones de dólares por las acreencias acumuladas y como contraprestación recibió el 100 por ciento de las acciones de la compañía que para este entonces tenía una deuda de más 5.000 millones de dólares y activos por solo 300 millones.

Lo demás, como dice un personaje de La vendedora de rosas: “se lo mecatiaron en cositas”. Los inversionistas pequeños, que no tienen idea del mercado, ahora no saben ni a quién reclamarle pues Pacific está registrada en Toronto y solo aplica la jurisdicción canadiense.

Con la bolsa de Toronto tendrán entonces que hablar para ver si algo de esa plata se recupera, lo cual es poco probable.

En el lapso de diez años, Arata, Pantín, Serafino Iacono y sus muchachos se ganaron la confianza de un país, la utilizaron para enriquecerse y huyeron sin dejar pista. Nos pidieron algo pequeño, la compra de acciones, y al final, no quedó ni el humo de esa gran ilusión.





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